No todo IoT es igual: cuando el contexto define la tecnología

 

Comparativa IoT Industrial vs Hogar

En el mundo actual, donde la tecnología IoT está al alcance de todos, es fácil caer en comparaciones que, aunque parecen lógicas a simple vista, no lo son desde el punto de vista técnico, operativo ni patrimonial.

No es lo mismo un equipo robusto, basado en sistemas embebidos industriales, con protocolos seguros y puertos físicos Ethernet, que un dispositivo IoT de uso general pensado para el hogar, que funciona como un accesorio tecnológico y depende casi por completo de una aplicación móvil.

Los dispositivos orientados al hogar suelen depender de múltiples factores externos:

  • El celular del usuario
  • El sistema operativo actualizado
  • Las notificaciones push activas
  • Que la aplicación no se cierre en segundo plano
  • La calidad y estabilidad del WiFi
  • El acceso a Internet del lugar

Cuando alguno de estos factores falla, el impacto suele ser mínimo: una notificación que no llega, un dato que se pierde, una automatización que no se ejecuta.

El problema aparece cuando ese mismo enfoque se traslada a contextos donde lo que está en juego es crítico.

No es lo mismo una heladera hogareña que una cámara de frío para medicamentos.
No es lo mismo perder los alimentos de casa que tener que enviar a destrucción un lote completo de alimentos, insulina o productos farmacéuticos por una falla de monitoreo.
No es lo mismo un sensor pensado para ver desde el celular si encendemos el aire antes de llegar a una casa de fin de semana, que un equipo diseñado para reiniciar un servidor en un shelter remoto del cual dependen miles de usuarios o la interconexión entre plantas de una compañía que opera 7×24.

Los equipos industriales están diseñados para ambientes exigentes, con lógica autónoma, comunicaciones cableadas confiables, integración directa con sistemas de monitoreo, alarmas independientes de apps móviles y una filosofía clara: funcionar siempre, incluso cuando el resto falla.

Por eso, al evaluar una oferta económica, es fundamental poner en la balanza primero el producto y el problema que resuelve, y recién después el precio y la forma de pago.

Muchas veces, por cumplir objetivos internos o por priorizar una financiación conveniente, se termina pagando un sobreprecio encubierto. O peor aún, se debe volver a invertir en una nueva solución porque la anterior, sospechosamente económica, dejó de funcionar cuando más se la necesitaba.

Hay un dicho que sigue siendo tan vigente como siempre:
“Paga mal, paga dos veces”.

Elegir tecnología no es solo comparar precios. Es entender el contexto, el riesgo y el valor real de lo que se está protegiendo.

 

Baja

 



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